los Conceptos erróneos sobre el Islam

LA GUERRA SANTA (YIHAD)



Se extendió el Islam con la punta de la espada? ¿Fue el emblema musulmán «el Corán o la espada»? ¿Eran los musulmanes imperialistas, en busca de botín o del dominio del mundo?. Hay quienes disfrutan afirmándolo, otros lo rechazan y algunos se muestran indecisos; perplejos y contrarios. Pero, ¿En qué lugar se encuentra el Corán? ¿Qué revela la historia de Muhammad a este respecto?. Para toda persona honrada, que respeta la verdad y la dignidad humana, es, sin duda, imperativo encontrar la respuesta por sí mismo y revelarla a los demás.

El Corán deja muy claro que, queramos o no, la guerra es una necesidad de la existencia, una realidad de la vida, en tanto en cuanto existan en el mundo la injusticia, opresión, ambiciones caprichosas y pretensiones arbitrarias. Esto puede sonar a extraño. Pero, ¿No figura registrado en la historia que la humanidad ha padecido guerras locales, civiles y mundiales desde los primeros tiempos hasta hoy?; y, ¿no es también un hecho que los aliados victoriosos resuelven, muy a menudo, sus disputas y el status de sus enemigos derrotados, mediante guerras y amenazas de guerra?. Aún hoy, la humanidad vive bajo temor constante y rumores de guerra se difunden por multitud de lugares del mundo. ¿Podría Dios pasar por alto estas realidades de la existencia? ¿O podría dejar de ocuparse el Corán de todo ello, de forma realista y eficaz?. Verdaderamente, no. Es por ello por lo que el Islam ha reconocido la guerra como una vía, legítima y justificada, de autodefensa y reimplantación de la justicia, la libertad y la paz. El Corán dice:

«Se os ha prescrito combatir, aunque lo aborrezcáis. Es posible que aborrezcáis algo que sea un bien para vosotros, y quizás que gustéis de algo aunque os sea perjudicial; porque Dios sabe y vosotros ignoráis» (2:216).

«Si Dios no hubiera contenido el impulso del hombre, el uno por el otro, la tierra se habría corrompido, pero Dios es graciable para con la humanidad» (2:251). «Y si Dios no refrenara a los humanos, unos contra otros, habrían sido destruidos monasterios, iglesias, sinagogas y mezquitas, donde el hombre de Dios es frecuentemente celebrado» (22:40).

Aunque realista en su enfoque, el Islam nunca tolera la agresión para sí ni para ninguna otra parte, no alimenta guerras opresivas, ni siquiera su iniciación. Los musulmanes reciben de Dios el mandato de no romper las hostilidades, no participar en ningún acto de agresión, ni violar los derechos de los demás. Además de lo que ya se ha mencionado en el capítulo anterior, algunos versículos del Corán reflejan un contenido significativo. Dios dice:

«Combatid, por la causa de Dios, a quienes os combate, pero no provoquéis, porque Dios no estima a los agresores. Matadles doquiera les encontréis y expulsadles de donde os expulsaron, porque la sedición es más grave que el domicilio. No les combatáis en las cercanías de la sagrada Mezquita, a menos que os ataquen. Más si allí os combaten, “¡matadles!». Tal será el castigo de los incrédulos. Pero si desisten, sabed que Dios es indulgentísimo, misericordiosísimo. Y combatidles hasta terminar con la idolatría y que prevalezca la religión de Dios. Pero si se convierten no habrá más agresión sino contra los inicuos» (2:190-193).

No es la guerra un objetivo del Islam, ni la ocupación normal de los musulmanes. Es, sólo, el último recurso que se emplea en las circunstancias más extraordinarias, cuando fracasan todas las demás medidas. Esta es la situación real de la guerra en el Islam. El Islam es la religión de la paz: su significado es paz, uno de los nombres de Dios es paz, los saludos diarios de los musulmanes y los ángeles son de paz, el paraíso es la caza de la paz, el adjetivo «musulmán» significa pacífico. La paz es la naturaleza, el significado, el emblema y el objetivo del Islam. Todo ser tiene derecho a disfrutar la paz del Islam y la bondad de los pacíficos musulmanes con independencia de las consideraciones religiosas, geográficas o raciales, en tanto en cuanto no se produzca agresión contra el Islam, o los musulmanes. Si los no musulmanes se muestran pacíficos con los musulmanes, incluso indiferentes hacia el Islam, no existen motivo o justificación para declararles la guerra. No existe la guerra de religión que empuje al Islam contra los no musulmanes, porque si el Islam no surge de profundas convicciones, del interior, no es aceptable a Dios, ni puede ayudar a su maestro. Si hay alguna religión o constitución que garantice la libertad religiosa en paz, y prohíba la coacción religiosa es el Islam, y nada más que el Islam. A esto se refiere el Corán cuando dice:

«Nada de imposición en cuanto a religión, porque ya se ha dilucitado la verdad del error. Quien reniegue del seductor y crea en Dios, se habrá aferrado a la verdad inquebrantable, porque Dios es omnioyente, sapientísimo» (2:256).

Al musulmán no sólo le está prohibido emplear la fuerza en la propagación del Islam, sino que se le ha ordenado emplear los métodos más pacíficos. Dios dice a Muhammad:

«Invita a los humanos a la senda de tu Señor, con prudencia y con bella exhortación; refútales de la manera más benevolente; porque tu Señor es el más conocedor de quien se desvía de su senda, así como también es el más conocedor de los encaminados (
16:125).

Y no disputéis con los adeptos del Libro, sino de la más pacífica manera; excepto con los impíos de entre ellos, decidles: «Creemos en lo que nos fue enviado, así como en lo que os fue enviado; nuestro Dios y el vuestro es único, y a El nos consagramos» (29:46).

Por tanto, si el Islam ha sido designado para la paz y los musulmanes están tan consagrados a la paz, y si el Corán es favorable a la paz, ¿Por qué emprendió Muhammad guerras y ordenó batallas? ¿Porqué dice el Corán «matéis» y combate contra ellos?. Para examinar estas preguntas, aparentemente inocentes, es indispensable mencionar algunos hechos históricos que acompañaron y anticiparon la lucha islámica contra los infieles.

Después de recibir el encargo de Dios, Muhammad convocó una asamblea pública, a la que comunicó lo que le había sido dado, exhortándola a renunciar a sus ídolos y a creer en el único Dios verdadero. Su primera alocución, pacífica y lógica, no sólo fue acogida con resistencia, sino también con burlas, mofas y risas. Trató continuamente de presentar a su pueblo el bienaventurado llamamiento, pero obtuvo escaso éxito. Como no se le permitió propagar el Islam abiertamente, hubo de recurrir a la predicación privada durante algunos años, para salvar las vidas de sus contados seguidores y mitigar sus desventuras. Cuando recibió instrucciones de Dios de predicar libremente, aumentaron las persecuciones y las torturas infringidas brutalmente a los musulmanes. Sin embargo, cuanto más crecían las persecuciones mayor se hizo el número de musulmanes. Los infieles intentaron toda clase de presiones y tentaciones para silenciar la llamada de Dios. Si aumentaron los obstáculos, mayor fue la firmeza que demostraron Muhammad y los musulmanes. Cuando los infieles dejaron de perseguir la fe de los creyentes mediante amenazas, presiones, confiscación de bienes, burlas, etc., organizaron contra los musulmanes un duro boicot, una feroz campaña de ostracismo. Los musulmanes se vieron obligados, durante años, a permanecer dentro de un muy estrecho círculo de asociación, imposibilitados para predicar, vender, comprar, contraer matrimonio, o establecer contacto con sus compañeros de la Meca. Tan siquiera esto conmovió la fe de los musulmanes. El boicot prosiguió hasta que los infieles se cansaron de su aplicación y lo dieron por terminado.

El final del severo boicot no constituyó signo de paz o anticipación de tranquilidad por parte de los infieles. Por el contrario, la presión y la persecución continuaron aumentando rápidamente, más todo fu-e en vano en lo que se refiere a los musulmanes. Por último, los infieles convocaron una conferencia en la cumbre a puerta cerrada para discutir la próxima acción para eliminar al Islam y desembarazarse de Muhammad, de una vez para siempre. Se adoptó, por resolución unánime, seleccionar un hombre fuerte de cada tribu y asesinar a Muhammad en el lecho. La misión de Muhammad no estaba designada a terminar en aquel punto. Dios le ordenó abandonar La Meca, su querida ciudad natal, y emigrar a Medina para reunirse con los musulmanes nativos y los primeros emigrantes, que habían huido de La Meca a Medina (ver Corán, 8:30;9:40). Este fue el gran suceso de la Hégira (Hijrah) o Emigración, que dio comienzo a la historia del Islam y por la que se rige el calendario musulmán.

Huyendo de La Meca, los musulmanes se vieron obligados, por una serie de circunstancias, a dejar tras ellos prácticamente todas sus propiedades, pertenencias, e incluso familias. Tan pronto se establecieron en Medina, Muhammad reanudó su pacífica predicación y su indulgente invitación al Islam. Algunos nativos respondieron favorablemente a la llamada de Dios, y se convirtieron de inmediato en miembros activos de la comunidad musulmana. Otros, no abrazaron el Islam y conservaron sus creencias tradicionales. En este sentido, como Muhammad se habrá consagrado a la paz digna y a la reforma, concertó tratados con los no musulmanes asegurándoles la libertad y la seguridad, creando en sus corazones, por vez primera, una conciencia socio nacional en lugar de la limitada fidelidad tribal.

Mientras Muhammad trabajaba para estas reformas tratando de organizar la comunidad musulmana en Medina y sentar las bases de una sociedad estable y pacífica, en la que musulmanes y no musulmanes pudieran vivir juntos, los enemigos de La Meca no cesaban en sus hostilidades. Ardían en odio hacia los musulmanes y cada día crecía su determinación de eliminar el Islam y del nuevo espíritu de fraternidad entre los musulmanes. Así pues, los enemigos de La Meca se apresuraron a aprovechar la situación y crear agitaciones internas entre los musulmanes. La respuesta de los envidiosos no musulmanes de Medina, a la instigación de La Meca, fue pronta y manifiesta, originándose serios disturbios en Medina.

Veíanse ahora los musulmanes constantemente amenazados, desde el interior, por. Los decepcionados de Medina, así como por los ataques organizados de La Meca. No era posible soportar tanta persecución ni amenaza. Fueron separados de sus familias, por la fuerza. Se confiscaron sus propiedades. Su sangre fue derramada. Se les forzó para que abandonaran su querida ciudad natal, en tres oleadas de emigración: dos a Abisinia y una a Medina. Resistieron durante más de 13 años. Con las nuevas tácticas de los enemigos de La Meca, los musulmanes no tenían otro recurso que esperar su aniquilación final, en una matanza general, o defenderse contra la opresión y la persecución.

Puede resultar paradójico que, en estas circunstancias, el Islam viniera a garantizar la dignidad y la fortaleza, la libertad y la seguridad, para aliarlos con Dios, la suprema fuente de bondad y ayuda, poder y paz. No obstante, se encontraban desamparados y ansiosos, amenazados y aterrorizados. El Islam les encomendó establecer la paz, ordenar lo bueno y prohibir lo malo, dar apoyo al oprimido y liberar al subyugado, para así demostrar lo digno de confianza y beneficioso que es Dios para con Sus siervos. ¿Pero cómo hacerlo si ellos mismos estaban oprimidos, subyugados por el terror y abandonados en el desamparo?

Lo que menos comprendían era que el Corán había silenciado la cuestión y no les daba instrucciones específicas respecto a qué hacer. Su perplejidad no duró mucho tiempo. Dios mitigó su pena inspirándoles sobre cómo resolver sus problemas y los de aquellos que pudieran encontrarse en situación similar. Veamos en que términos formula Dios Su resolución:

«Por cierto, que Dios defiende a los creyentes de los idólatras; porque Dios no aprecia a ningún pérfido, ingrato. Si permitió el combate a los que luchan, porque fueron ultrajados, en verdad, Dios es poderoso para secundarlos, aquellos que fueron expulsados inicuamente de sus hogares, sólo porque dijeron: » ¡Nuestro Señor es Dios!». Y si Dios no refrenara a los humanos, unos con otros, habrían sido destruidos monasterios, iglesias, sinagogas y mezquitas, donde el hombre de Dios es frecuentemente celebrado. Por cierto, que Dios secundará a quien le secunde; porque Dios es fuerte, poderoso. Son aquellos que, cuando los arraigamos en la tierra, observan la oración, pagan el Zakat, encomiendan el altruismo y prohíben lo ilícito. Y en Dios descansa el destino de todos los asuntos
» (22:38-41).

Con este privilegio de Dios no volvió a producirse más persecución y opresión contra los musulmanes. Hubo algunas dificultades para establecer la tranquilidad, recuperar la paz y la libertad, reunirse con las familias y restablecer nuevamente sus propiedades. Se desencadenaron algunos enfrentamientos con los obstinados infieles, que aún negaban, flagrantemente, la paz y la libertad a los musulmanes; pero, nunca se produjo agresión por parte del lado musulmán, como destrucción de hogares, cosechas, suministros, etc., ni muertes de niños no combatientes, mujeres, ancianos, o impedidos. Los musulmanes siguieron estas reglas y permanecieron dentro de los mandatos de Dios. Fue algo nunca experimentado hasta entonces. Los musulmanes tuvieron que combatir en estas circunstancias y acabaron obteniendo victorias decisivas, sirviéndose de los principios e instrucciones de Dios.

Se ha hablado, se ha escrito mucho, acerca de los «despiadados» musulmanes, que surgieron de los áridos y ardientes desiertos, de la oscura Arabia, para conquistar los protectorados romanos y persas, e incluso para aventurarse en torno a las fronteras de Europa. Muchos han expresado la opinión de que aquellos musulmanes estaban motivados, por el fervor religioso, para extender el Islam por la fuerza. Otros, consideran esta opinión vana e irresponsable, porque el Islam —por su naturaleza no puede imponerse; y, de haberse impuesto, supuestamente, a los pueblos conquistados, no habría durado mucho tiempo y los no musulmanes habrían sido exterminados de las regiones conquistadas. Los testimonios de la historia confirman, que el Islam sobrevivió en todos los lugares a los que llegó— con excepción de España, como consecuencia de circunstancias muy singulares ya que, allá donde fueron los conquistadores musulmanes convivieron pacíficamente con los nativos no musulmanes. Argumentan otros, que no se puede imponer a nadie una religión como el Islam, y encuentran su fe tan sincera y honrada como la de los musulmanes conversos de las nuevas tierras. Se necesita algo más que la coacción para que nazcan de un pueblo derrotado, tantos buenos musulmanes, y, se requiere algo más que su presión para que abrazaran y conservaran la religión «impuesta».

Hay otro punto de vista, mantenido por algunos que gustan ser calificados como intelectuales o críticos. No encuentran estos satisfactoria tal opinión, vaga y candida, respecto a la expansión del Islam por la fuerza. Atribuyen su propagación a las guerras de agresión emprendidas por los musulmanes que, sofocados por el calor y la sequía de Arabia, actuaron movidos, simplemente, por circunstancias y necesidades económicas. Esas guerras y aventuras no fueron religiosas, ni espirituales sino la mera consecuencia de apremiantes demandas. Tal parece indicar que los árabes no habrían llegado a un alto grado de sacrificio y devoción; o, que después de la muerte de Muhammad, sus supervivientes perdieran interés en la religión y se lanzaron a satisfacer sus apremios inmediatos. Parece, asimismo, indicar que el Islam era de por sí, incapaz de generar el fervor y celo en los guerreros árabes musulmanes. La indicación presenta varias vertientes, y los «intelectuales» de esta opinión dudan qué preferencia tendría sobre las demás.

Queda aún otra versión, que atribuye las guerras musulmanas, fuera de Arabia, a una apasionada avidez de rapiña y correrías. No ven en aquellos musulmanes ningún otro motivo, más que la sed de sangre y el deseo de botín. Rehúsan ver virtud alguna en el Islam, incapaces de asociar a los musulmanes con ninguna causa elevada.

La disputa entre varios criterios es muy seria, y, a veces, adquiere tonos de discusión académica. Dejémosla como está. El quid de la cuestión estriba en que ninguno de estos críticos ha tratado, seriamente, de comprender y presentar la verdad con honradez. Ninguno de ellos ha tenido el discernimiento necesario y valor moral para sacar a la luz la auténtica versión de la realidad. ¡Qué pesada será su carga cuando descubran un día que han equivocado y engañado a millones de personas! ¡Qué grave será su responsabilidad cuando conozcan que han cometido graves ofensas contra la verdad, contra los musulmanes y contra sus propios seguidores!

Sería imposible presentar aquí con detalle el punto de vista del Islam respecto a cada guerra o batalla. No obstante, existen ciertos aspectos importantes que, una vez mencionados, darán idea justa de los hechos.

1.- Habría que recordar que Muhammad, que recibió el encargo de Dios como un favor para toda la humanidad, buscó el acercamiento a los mandatarios de los territorios vecinos, invitándoles a abrazar el Islam y compartir la bondad divina. Habría que recordar, también, que no sólo rechazaron su generosa invitación, sino que la despreciaron y declararon guerras abiertas contra los musulmanes. A lo largo de su vida, los soldados romanos y persas, cruzaron las fronteras musulmanas en diversos ataques. Así, cuando sobrevino la muerte de Muhammad, los musulmanes estaban en guerra con sus vecinos a pesar suyo.

Esta situación continuó. Todo cuanto sucedería después, en generaciones posteriores, ha de contemplarse dentro del contexto de los primeros incidentes citados. Toda la Cristiandad , incluso España y Francia, estaba entonces en guerra con el naciente mundo islámico. Con esta misma óptica hay que considerar la aventura de los musulmanes en Europa. El hecho de que toda la Cristiandad actuaba como una sola potencia queda demostrado por la autoridad incuestionable del pontificado romano sobre los cristianos. Lo confirma también la movilización general de las potencias cristianas contra el Islam, durante las cruzadas en la Edad Media , incluso en el primer cuarto de nuestro siglo veinte.

Por ello, cuando Roma sancionó la guerra contra el Islam, asistía a los musulmanes el pleno derecho a combatir en cualquier terreno — tanto en Palestina como en el Cercano Oriente, Italia o Hungría — Ello les llevó, así mismo, a España y a Francia Meridional. No les era posible quedar rodeados por el poder de Roma y Persia, ni podían conformarse con esperar ser barridos de la faz de la tierra. Roma dictó órdenes para que se diera muerte a Muhammad y se presentara su cabeza cortada ante la Corte Real , algo que los romanos paganos habían hecho con los primeros cristianos. Ahora bien, debe admitirse que algunas guerras, de siglos posteriores, no tuvieron relación alguna con el Islam aún cuando combatieran musulmanes. No pretendían la expansión del Islam. Por el contrario, fueron motivadas por determinadas razones locales y quizá personales. Una agresión es una agresión, lo mismo si procede de los musulmanes que si se dirige a ellos, y ya se sabe que la actitud del Islam hacia la agresión es inconmovible. Así pues, si hubo agresión en esas guerras, no pueden ser justificadas por el Islam, ni aceptables por Dios.

2.- Ninguno de dichos críticos trata de comprender el carácter y las circunstancias de aquellos siglos pasados. No existían los medios de comunicación de masas. Se desconocía la prensa, la radio, la televisión o incluso el servicio postal regular. La información, o la predicación pública, sólo eran posibles a través de contactos personales. No había respeto alguno a la vida, la propiedad o el honor, ni tratamiento como persona o nación débil, ni seguridad o libertad de expresión. Aquel que hiciera valer una causa noble o manifestara creencias impopulares se vela amenazado. Así se desprende de la historia del filósofo griego Sócrates, de los primeros cristianos y musulmanes. Muchos emisarios, encargados de entregar mensajes especiales a mandatarios y gobernantes, nunca consiguieron regresar con vida. Eran asesinados a sangre fría, o hechos prisioneros, incluso por los mismos destinatarios.

Los musulmanes de Arabia hubieron de hacer frente a todas estas dificultades, estando obligados a trabajar en tamañas circunstancias. Teman que entregar un mensaje a la humanidad, ayudar a los hombres y ofrecer una fórmula de salvación. El Corán nos invita a seguir el camino de Dios a través de la sabiduría, y a discutir en los términos más adecuados… pero, ¿quién estaba dispuesto a escuchar la pacífica llamada de Dios?. Está demostrado que muchos infieles evitaban escuchar al Profeta, por miedo a verse afectados por su predicación de paz. Incluso se oponían con la fuerza a la pacífica llamada del Islam. Las primeras experiencias de Arabia enseñaron a los musulmanes que resultaba más eficaz ser pacifico, y mantenerse simultáneamente en guardia; que sólo podemos vivir en paz cuando somos lo bastante fuertes para mantener la paz; y que nuestra palabra de paz resonará mejor cuando seamos capaces de resistir las presiones y eliminar la opresión.

Siguiendo el mandato divino, tenían que dar a conocer el Islam en el mundo exterior; sin embargo, no había ningún sistema de telecomunicaciones, prensa o cualquier otro medio de comunicación de masas. Sólo les cabía un recurso: establecer contactos personales y directos. Tenían que cruzar sus fronteras. Pero no podían hacerlo en pequeños grupos desarmados. Hubieron de actuar en grupos numerosos, y protegidos a la manera de un ejército, pese a que no lo fueran en el sentido auténtico. Atravesaron las fronteras en varias direcciones, en momentos diferentes. Merece la pena considerar lo que sucedió después. En algunas regiones fueron calurosamente acogidos por los nativos, que llevaban largo tiempo oprimidos, subyugados por las potencias extranjeras de Roma y Persia. En otras zonas ofrecieron primero el Islam a quienes estaban dispuestos a aceptarlo, que fueron muchos. A aquellos que no abrazaron el Islam se les pidió el pago de tributos equivalente al impuesto islámico (Zakat). Las razones de esta petición de impuestos fueron: I) Deseaban estar seguros de que este contribuyente conocía lo que hacía, que el Islam era aceptado o rechazado, libremente, por elección propia; II) Se comprometían a proteger al contribuyente, garantizar su seguridad y libertad, en la misma medida que el musulmán, habida cuenta de que cualquier peligro para él constituía también peligro para su compatriota musulmán — y que, para defender al musulmán —, teman que defender al no musulmán y garantizar su seguridad; III) El nuevo estado de cosas reclamaba el apoyo y la operación de todos los sectores, musulmanes y no musulmanes; los primeros merced al Zakat, los segundos mediante tributos que eran invertidos en beneficio público, y; IV) No eran hostiles hacia ellos y sus nuevos hermanos, ni mostraban propensión a perjudicar a sus compatriotas musulmanes.

Quienes rechazaron el Islam y rehusaron pagar tributos, de acuerdo con otros sectores, para mantener su situación, encontraron serias dificultades. Recurrieron a la hostilidad desde el principio, provocando dificultades, no tanto para los nuevos llegados musulmanes como para los nuevos conversos y sus compatriotas, los contribuyentes. Desde una perspectiva de estado tal actitud fue traidora; humanamente hablando, mezquina; desde un punto de vista social irresponsable, y, desde una perspectiva militar, provocativa. Desde un punto de vista práctico, precisaba ser suprimida, no tanto por el bienestar de los recién llegados como por las condiciones en que vivían estos desleales. Este es el unció momento en que se aplicó la fuerza, para hacerles entrar en razón y comprender sus responsabilidades: bien como musulmanes aceptando libremente el Islam, bien como ciudadanos leales pagando sus tributos, conviviendo con sus compatriotas musulmanes y compartiendo con ellos los mismos derechos y obligaciones.

3.- Sería sensato que estos críticos estudiaran el Corán con intenciones sinceras, para conocer sus preceptos referentes a la guerra y la paz. Les sería todavía más sensato, investigar la condición de los pueblos «conquistados» y el estado en que vivían antes, y después de entrar en contacto con los musulmanes. ¿Qué dirán cuando descubran que los nativos, de los protectorados persas y romanos, exhortaron urgentemente a los musulmanes a venir en su ayuda, para liberarlos de la opresora dominación extranjera? ¿Qué pensarán al conocer que los «conquistadores» musulmanes fueron recibidos con júbilo por el pueblo llano y por los patriarcas religiosos, que arhelaban la protección musulmana y su justa administración? ¿Cómo explicarían el fenómeno, según el cual algunos pueblos «conquistados» no sólo dieron la bienvenida a los «invasores» musulmanes, sino que combatieron junto a ellos contra los opresores? ¿Cómo concebirían la prosperidad, libertad y progreso de las regiones «invadidas» por el Islam, en comparación con la situación anterior?

No damos por sentado ningún criterio particular, al respecto, ni establecemos conclusiones apresuradas. Creemos, simplemente, que merece la pena reconsiderar e investigar seriamente la cuestión. Los resultados serán ciertamente interesantes y significativos. La mentalidad occidental lo entenderá, quizá mejor, si analiza el caso a la luz de las condiciones imperantes en nuestro mundo actual. La profunda preocupación de los alidados respecto a Berlín, las demandas de los oprimidos en cualquier lugar, la ansiedad de los sudcoreanos, los temores de los laosianos, la cuestión de la OTAN , los asuntos de la SEATO , la inestabilidad de los satélites comunistas, —todo ello puede contribuir a que el occidental comprenda los sucesos de aquellos siglos remotos y las políticas reales de los musulmanes de aquellos días—.

4.- También vale la pena considerar otra opinión, según la cual las guerras musulmanas llevadas al exterior estuvieron motivadas por necesidades económicas de los árabes. Aunque aparentemente seguros de sus propias suposiciones, los partidarios de esta idea no han estudiado realmente el caso con seriedad. ¿Creen, sinceramente, que fueron las necesidades económicas las que apremiaron a los musulmanes a cruzar sus fronteras árabes? ¿Con qué razón presumen, que Arabia —con sus antiguos centros comerciales, valles y oasis— era ya incapaz de producir bastante para los musulmanes? ¿Han averiguado seriamente cuánto hicieron por sí mismos los musulmanes «invasores», cuánto distribuyeron entre los pueblos a ellos sometidos y cuánto enviaron a la administración central en Median, Damasco, Bagdad o El Cairo? ¿Han comparado las rentas de los territorios «invadidos» antes y después del Islam, y han averiguado si los «invasores» eran o no aventureros mercantiles interesados? ¿Tenían razones para creer que aquellos musulmanes tomaron más de lo que dieron, se llevaron más de lo que entregaron o ganaron más de lo que invirtieron? ¿Encontraron alguna prueba que confirme que el gobierno central de Arabia hubiera recibido en algún momento tributos o impuestos de sus protectorados «conquistados» que fueran necesarios para el desarrollo de estos protectorados y, en tal caso, cuánto se recibió y si merecía ello la pena de aventurarse en el mundo desconocido? ¿Han reunido alguna información fiable que demuestre que Arabia gozaba de preferencias, o privilegios, en programas de inversión o desarrollo respecto a las áreas «invadidas»?, por último, ¿Sintió Arabia la súbita amenaza de una «explosión de la población» que forzara a los musulmanes a emprender guerras temerarias y/o exploraciones económicas?

El intento de interpretar los contactos musulmanes—no musulmanes en términos de necesidad económica puede presentarse como algo nuevo y merecedor de simpatía, pero no parece encerrar mucha verdad ni ofrecer consistencia en una profundización erudita. La menor reserva que cabe formular en cuanto a este intento es que dista mucho de ser satisfactorio y completo. Queda aún mucho por hacer en términos de investigación, estudio, análisis y comparación. En tanto no se haga, ningún crítico cuenta con fuerza moral para hacer pasar sus suposiciones teóricas como válidas o vinculantes. Esto representa otra amable invitación del Islam a todos los críticos para que persigan más seriamente la verdad.

5.- No es necesario tomar como coherentes las opiniones de quienes consideran las guerras musulmanas en términos de rapiñas y pillaje. ¿Puede haber una opinión más casual o esteriotipada que ésta?. Se trata de un breve atajo en el terreno de la erudición y una fácil salida a algunos problemas intelectuales y morales, pero queda lejos de ser verdad. Podemos formular nuevamente las mismas preguntas de los puntos 3 y 4 para averiguar qué botín tomaron, o enviaron a Arabia, los aventureros musulmanes y cuántos de sus hombres volvieron a casa con su presa. Esto por no mencionar el florecimiento, el renacimiento y la prosperidad de los territorios «depredados» bajo estos «depredadores». Ni, tampoco, las crueles persecuciones y las fuertes pérdidas de vidas y propiedades sufridas por los musulmanes o la provocación y las amenazas de que fueron objeto. Es simplemente una llamada para que quienes mantienen esa opinión estudien más minuciosamente el caso y presenten conclusiones más responsables. No obstante, han de recordar que todos los saqueos realizados por los musulmanes fueron muy escasos, en comparación con lo que habían perdido por confiscación, usurpación, persecución y demás acciones provocativas sufridas por ellos en las regiones hostiles.

Tanto si los críticos de estos diversos grados aceptan, o no, el punto de vista de este estudio, la realidad es que el Islam es la religión de la paz en el más amplio sentido de la palabra, que nunca incluyó en sus enseñanzas la guerra injusta, que jamás aplicó o toleró la agresión, que en ningún momento emplea la fuerza para imponerla a nadie, que la expansión del Islam nunca fue debida a coacción u opresión —que Dios no perdona—, ni el Islam acepta la apropiación indebida, y que quien deforme o tergiverse las enseñanzas islámicas se hará más daño a sí mismo y a sus asociados que al Islam. Porque es la religión de Dios y el camino recto hacia El, sobrevivió a las más difíciles condiciones y sobrevivirá, por ser el puente seguro a la eternidad dichosa. Si estos críticos albergarán alguna duda al respecto harían bien en estudiar el Islam, releer el Corán y refrescar su recuerdo de la historia.

El hecho de que la expansión del Islam fuera seguida de prosperidad económica y renacimiento cultural de las regiones «conquistadas» no significa necesariamente que los musulmanes persiguieran ganancias económicas y botines militares. Aún cuando estos supuestos botines y ganancias supusieran incentivos en posteriores períodos de la historia islámica, ello no da lugar a creer que el Islam prefiera la guerra a la paz y que los musulmanes se regocijen con los botines de guerra. Existen aplicaciones mejores. Una de ellas debería ser muy clara para quienes están familiarizados con la discusión clásica entre la ética protestante y el espíritu del capitalismo en la que el protestantismo, acompañado de otros factores, produjo la aparición del capitalismo moderno. Ninguna mente clara defenderá seriamente que los protestantes desarrollaron su ética para ser económicamente prósperos o que el capitalismo moderno depende todavía de la ética protestante.

www.nurelislam.com

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba